AETERNAM HABEAS REQUIEM

•octubre 15, 2009 • Dejar un comentario

Escribo pecados no tragedias

•junio 4, 2009 • 2 comentarios

 

Finalmente, a fin de mes estará en las mejores librerías de Córdoba mi primer libro: Escribo pecados no tragedias.  Habrá una presentación en La Falda, casi seguro el día sábado 4 de julio en la Cooperativa de Agua.  Además, habrá dos presentaciones en la ciudad de Córdoba, aunque todavía estamos por confirmar bien lugar y fecha.  Les agradezco a los que ya han colaborado adquiriendo el libro en la preventa, y les recuerdo que a los que les interese lo pueden seguir haciendo.  He aquí la portada.  Nos leemos pronto.

tapa del libro 

A sus 23 años de edad, Marcos Funes Peralta ha reunido dieciocho cuentos en su primer libro: Escribo pecados no tragedias.  Historias entretenidas, imprevisibles, fascinantes, cargadas tanto de sutil ironía como de incisiva profundidad.

Un prólogo ficticio a un libro de dudosa autoría repasa los años del nazismo en el Hotel Edén de La Falda.  Perturbado por la votación que le corresponde desempatar, un muchacho “demasiado moral” elige traicionar a su novia.  Una nueva noche fría en el barrio, y un ángel desciende al infierno para huir de sus culpas.  ¿Ver o visualizar?, se pregunta un director de cine sin escapatoria.  Un terrorista argentino-islámico se inmola aun antes de pulsar el detonador.  La cosmogonía menos pensada: una serpiente y una tortuga definen la fortuna del universo.  Martín y el camionero viajan por una Patagonia poblada de fantasmas y recuerdos.  Los minutos más tensos en la mente de un jugador de fútbol que no parece tener todo lo que desea.  Dos amigos muy particulares se preparan para un tormento llamado Alex De Large y su pandilla.  Un viejo al que se le acabó la televisión antes que la vida.  Una mujer ambiciosa capaz de amar más de la cuenta, pero sólo por motivos biológicos.  Un guitarrista recuperado sacude el Viena Rock.  ¿Qué pasa con los que no están?: uno de ellos volverá y replanteará las ideas de una joven conformista.  Un alérgico a la gente y un extraterrestre emprenden la misión de matar al mismísimo Tinelli en vivo y directo.  Cuatro estudiantes de Superheroísmo presentan su tesis sobre viajes en el tiempo.  Las actas del proceso judicial que documentó la revolución menos pensada de todas.  Un vivo y un muerto escapan hacia la nada con una promesa inquebrantable.  Y un amor sublime que nace entre la venganza, las horas contadas y los cartones del Mercado Sur.

Este joven y premiado autor cordobés se sumerge hábilmente en un vasto mundo de curiosas formas y contenidos para dar vida a Escribo pecados no tragedias, el libro que inicia su promisoria carrera literaria.

Un adelanto de mi primer libro

•abril 17, 2009 • Dejar un comentario

 

Finalmente, después de tres años de escritura, corrección, concursos literarios, entrevistas, idas y vueltas, la editorial cordobesa Ediciones del Boulevard publicará mi primer libro.  Esta editorial ha sido el sello de escritores destacados en el ámbito local y nacional como Cristina Bajo, Sergio Gaiteri, José Playo y Jorge Felippa, de modo que es un orgullo para mí comenzar con mi primera publicación en ella.

El título del libro es un misterio todavía, pero estará definido en estos días.  Les voy anticipando a los que quieran adquirirlo que podrán hacérmelo saber y, pagando el valor del libro (32 pesos) recibirán un cupón de pre-venta (podrán abonarme en dos o tres veces).  Lo retirarán durante el mes de junio o julio en que se realizarán las presentaciones.  También se podrá vender por internet, pero no en las condiciones de pre-venta, por lo tanto habrá que esperar a que esté impreso.

De los 18 cuentos, aquí les dejo un adelanto de uno de ellos, titulado “Los intrépidos conspiradores de bronquios inflamados”.  Ésta es la primera parte, para enterarse de lo que ocurre después, ya saben qué hacer:

I

And the symptoms are…

 

En Giardino el azar no es infrecuente (o las causalidades mueren encubiertas).  Los hechos pueden ser menos mágicos que auspiciosos, pero siempre revisten un halo de misterio que acaba en el límite con Huerta.  He aquí un adecuado ejemplo de ello.

En 1989 Margarita Silencio quedó embarazada de un varón.  No suscitará sorpresas – como suele ocurrir en todo relato concebido por las fuerzas del destino para ser intrincado –, que no se supiese la identidad del padre.  En boca de todo el pueblo el comentario constituía más estúpida credulidad que maliciosa habladuría: que el padre era un jovencito analfabeto del Molino, de no más de catorce años, decían; que vivía borracho y no precisamente en sentido figurado, se ensañaban las vecinas; que aunque tomara el agua de las vertientes todo el año, cada madrugada se caía en las escaleras de la Terminal más o menos a la misma hora, hediendo al mismo tetrabrik y meándose los pantalones como si la vejiga se le achicharrase cada cinco minutos….

Esa farsa que nació de la complacencia produjo que incluso los padres de Margarita Silencio jamás le preguntaran por el padre de la criatura, pues daban por sentado que era tal sujeto.  Margarita Silencio jamás lo mencionó (probablemente porque no lo conocía en absoluto) y, con los años, el conocimiento de la verdad resultaría – en apariencia – indistinto.

En enero del 90, exactamente el día en que se cumplían diez meses de embarazo, nació Teófilo Silencio en el dispensario local.  Su madre no pronunció un solo sonido al dar a luz, pues fiel a las instrucciones de ciertos textos New Age para embarazadas (que, a propósito, se consiguen en Giardino con mayor facilidad que cualquier versión de la Biblia), contuvo los gemidos y lamentos fijando sus pupilas en un agujerito que atravesaba la pared opuesta a su cama, notando durante varios segundos cómo el ojo estrábico de un residente degenerado apenas se contenía en su cuenca.  La labor de parto duró menos que lo esperado y no hubo complicaciones sensu stricto, si bien la sorpresa del nacimiento fue grande: lo que se disparó del útero no parecía un ser humano, sino una especie de roedor enteramente cubierto de vellos cobrizos.  Era muy pequeño para ser un bebé (cuarenta y dos centímetros y poquito menos de novecientos gramos) y apenas se podían ver sus ojos de obsidiana y sus fosas nasales sobresalir detrás del mucílago de pelos y líquido amniótico.  Los profesionales concluyeron que el niño estaba sano, pues respiraba dentro de los parámetros esperables y respondía a los estímulos externos, curiosamente no mediante el llanto sino a través de movimientos espasmódicos de sus deditos y una tos seca y poderosa.  La obstetra se relajó y dijo que la excesiva cantidad de pelo caería en pocas horas.  Margarita Silencio lo tuvo en sus brazos y lo miró fijamente sin decir nada, exhalando la ternura de siempre y transmitiéndole su amor de madre en ese código exclusivo que allí crearon.

Luego de un día y medio, Margarita y Teófilo Silencio se trasladaron a la casa familiar donde también vivían los padres de ella, renombrados en todo el pueblo debido a su fastidiosa (e irónica, si se tiene en cuenta su apellido) locuacidad.  Como era previsible, no ahorraron el esfuerzo de agotar los diccionarios de sinónimos para elogiar al nieto recién llegado, aun a pesar de la pelambre.  Ante semejante sonora en las pacíficas lomas del Molino, la madre gestó el hábito y la habilidad de escuchar, aunque su naturaleza innata la conminaba a parlotear constante y profusamente en la quietud de su alma; el hijo, por su parte, se mostró perturbado frente al cambio de ambiente entre el hospitalito y la tertulia de la casa, circunscribiendo en ella, asimismo, el incesante soliloquio de su madre que podía atestiguar casi en términos telepáticos.  Fue durante su segundo día de vida que Teófilo Silencio pronunció su primera palabra:

– ¡Cállense, cállense, cállense!

Los abuelos callaron; Margarita Silencio sonrió, inspiró profundo, e hizo la pausa para aminorar el fluir de su honda verborragia.  Todos los vellos corporales del bebé se desprendieron de su piel en el acto y fueron a dar al piso en perfecta sincronía unos con otros; ningún vello cayó antes o después.  Desde ese momento hasta los doce años, los únicos pelos que le cubrirían el cuerpo serían sus pestañas.  Al minuto siguiente, Teófilo Silencio lloraría por primera y última vez en su vida.  El inconveniente fue la prolongación de ese llanto se prolongaría durante un año, dos meses y seis días, hasta que afortunadamente se conoció su causa.

 

Margarita Silencio y sus padres ensayaron varias posibilidades de cura.  La primera fue, muy a su pesar, el intento de un silencio permanente, pero por razón de este método no obtuvieron resultados favorables.

El berreo persistió a pesar de que el niño fue llevado ante una docena de brujos y manosantas locales: el que diagnosticó un mal de ojo finalmente causaría que Teófilo Silencio fuera gravemente miope y tuviera que usar gruesas antiparras toda su vida; otro le anunció pata de cabra y terminó causándole un entumecimiento vitalicio del pie izquierdo; el que habló de empacho lo condenó a ser seco de vientre… en conclusión: antes de que una vieja de doscientos dos años intentara curar lo que llamaba paperas, la madre y los abuelos lo llevaron a una clínica en Córdoba.

 

Una vez evaluados los síntomas, la conclusión del pediatra fue categórica:

 Teo tiene alergia.

Incapaz de precisar detalles más esclarecedores, recomendó entrevistar a un alergista renombrado, quien casualmente atendía en el consultorio adyacente.

Este especialista pidió más de cincuenta exámenes, y no bien obtuvo los resultados, se sinceró:

 Señora, ¿usted ha visto las ronchas que tiene el nene en la panza?

Margarita Silencio descubrió el vientre del bebé y las observó sorprendida.

 Preste atención, parecen moretones – dijo el médico – pero si se fija bien son ronchas… ronchas de color azul. 

Luego extrajo un pañuelo de su bolsillo y lo acercó al rostro de Teófilo Silencio, y el berrinche se intensificó sobremanera.  Después de guardar nuevamente su pañuelo se sentó a su escritorio y elaboró la primera historia clínica del niño.

 Présteme mucha atención – pronunció con mesura.  – Al nacer, el vello que le cubría el cuerpito lo inmunizaba, pero cuando perdió esa protección quedó indefenso.  Según los estudios que realizamos, le pido que no se asuste por favor, se trata de alergia al género humano.  En principio esta condición es incurable.

Margarita Silencio emitió una ligera carcajada que fue opuesta por la mirada rígida del médico.

   Hay otro alergénico que puede ser tratado e incluso curado, pero nunca se sabe bien en qué momento de la vida es conveniente aplicar los tratamientos, porque sólo a determinada edad el propio organismo responde positivamente… por eso es importante que venga a consulta una vez cada dos meses.

El rostro de Margarita Silencio intentaba transmitir seguridad e instrucción en este tipo de asuntos.  El pediatra prosiguió:

 Según lo que he podido observar en el examen general y en los estudios, esta alergia secundaria es al color azul y sus similares, como el celeste de mi pañuelo.  Ahora bien, puede, a lo largo del tiempo, manifestar reacciones alérgicas a otros factores, que no están muy claros todavía.  Hay que esperar si se manifiestan mejor y estar atentos, generalmente aparecen antes de los veinticinco años, y se han dado casos en que se manifiestan una vez que se trató otra… este tipo de alergias, llamémosles, “conjuntas” – graficó las comillas en el aire –, son afecciones muy raras que la medicina todavía no ha podido investigar con suficiencia.

Durante más de cinco minutos los Silencio comentaron en voz baja mientras el doctor completaba los formularios de la obra social.

 Estas ronchas provocan mucha picazón, pero no desespere: se irán una vez que lo aleje de los causantes de su enfermedad, los dos que hasta ahora conocemos.  Así como éste, puede tener otros síntomas característicos de las alergias, por lo tanto es muy importante que se lo mantenga controlado; tarde o temprano detectaremos los síntomas y reacciones que indiquen más sobre el caso.  Tenga paciencia y compre estos remedios.

 

La familia regresó a Giardino atónitos y desanimados.  Cualquiera podría haber optado por no creer.

Margarita Silencio acondicionó un cuarto para su hijo y estructuró la vida familiar alrededor de su reclusión y consecuentes impedimentos. 

Desde ese momento, todos hicieron mejor honor a su apellido, desterrando su afanosamente conseguida popularidad al infinito archivo anecdótico del pueblo.  Y Teófilo Silencio no lloró más.

 

Espero que sirva de ejemplo cabal para tener una idea de las aspiraciones estéticas y narrativas del libro.  Nos leemos pronto.

Laura, Mariano y Manu: talento para descubrir

•abril 4, 2009 • Dejar un comentario

 

En este blog he publicado muchos textos de amigos.  Hoy quiero compartir con ustedes el talento musical de Laura Machado, Mariano Carranza y Manuel Montoya.

Interpretan “Desconfío” y “Seguir viviendo sin tu amor”, espero que les agraden.

 

 

 

Nos leemos la próxima semana.

Morir a los 21. Las razones de sus amigos.

•febrero 17, 2009 • 42 comentarios

 

(Una reflexión arrancada de la muerte inesperada de Tomás Celentano, un chico de La Falda, quien hace dos semanas cumplió veintiuno)

 

Hace más o menos un año, con el motivo del fallecimiento de mi amiga Gimena, la pregunta era: “¿Hay peor dolor que el de perder un hijo?”.  Hace dos horas llamó Nico y me enteró de la muerte de Tommy Celentano y dos de sus amigos en un accidente de auto en Santa Fe.  Lo primero que atiné a reflexionar fue algo poco original.  Sí, es imposible elucidad las causas de una muerte a los 21, en primer lugar porque se considera, gracias a las convenciones occidentales de nuestro hemisferio, en nuestra posición socio-cultural y en nuestro entorno repleto de tradiciones pertinentes, que un joven no debe morir.  Gimena estaba enferma, y el fin fue un evento previsible.  Tommy murió en un segundo, el fin era muy distinto de las vacaciones que pretendía disfrutar en la costa.  En segundo término, también es complicado establecer un sentido de justicia (divina, cósmica, kármica…) porque tendemos a creer que la muerte va acumulando deméritos: en consecuencia, ¿es justo que una piba de 21, con un bebé de pocos meses y una relación armónica con la vida y los demás muera, en lugar de otra que abortó…? (digamos, a riesgo de reducirme y tocar un prejuicio).  Por último, ¿cuál es el escenario en que los padres y familiares figuran este cambio sideral en sus vidas?  ¿Qué depara la supervivencia a esta tragedia tan desgarradora?  Nada, porque biológicamente, psicológicamente, espiritualmente, el ser humano está preparado para perder a sus padres y abuelos, a sus tíos y suegros, a sus profesores y a sus parejas, jamás a un hijo.  El problema – y valga esto como primera conclusión – es que la muerte no es una categoría aplicable a la mayoría de los esquemas que la historia del pensamiento (en particular el teológico) ha terminado por asignarle.  Uno se muere y ya está; la muerte no es el problema del que se muere, sino del que debe vivir cargando sobre sus espaldas cinco mil años de pathos metafísico, de ignorancia, de angustia existencial.

No entraré en los consuelos que constituyen varios clichés.  Quería reflexionar acerca de lo que transita por el espíritu y la mente de los amigos de los que han muerto, en particular de un pibe tan joven y tan rodeado de pares.  Leía en el Facebook de Tommy los comentarios de sus conocidos, todos de nuestra edad.  Lo que escribió Fran Fran Fran me emocionó profundamente, por una cuestión más personal que patética:

 

“TE NECESITO MUCHO HERMANITO”

VOY A EXTRAÑARTE MUCHÍSIMO, TO.  TE AMO MUCHO.  MUCHÍSIMO.”

 

No es lo mismo llorar por un muchacho que ha fallecido (y de quien yo he sido amigo también), sino por las lágrimas de quienes confiaban en él y, fundamentalmente, en el vínculo tácito de su conexión omnipresente; dicho de otro modo, jamás pensamos que las personas de nuestra misma edad, con quienes compartimos todos los días, con quienes hablamos sobre lo más superficial, lo más irrelevante, con quienes perdemos el tiempo soberanamente dedicándonos a nada, con quienes imaginamos que mañana haremos lo mismo, con quienes no necesitamos decirnos “te quiero” o “te amo” en persona sino por mail, chat, sms, Facebook o Fotolog (hay quienes dicen que estas palabras son cosas distintas, pero, básicamente, no es un problema semántico sino más bien una cuestión relacionada con el compromiso), de un momento a otro no van a estar más, nunca más.  En el caso de que muera un mayor la cosa puede subsanarse porque inconscientemente el humano se aferra a la esperanza de un futuro promisorio, de un tiempo dilatado en que la felicidad encontrará otros asideros, de que tarde o temprano la soledad tenía que ocurrir (no olvidemos la suposición implícita a que me referí en el párrafo anterior), etcétera, si bien se agrave la cuestión en el caso de las muertes inesperadas.  Pero la amistad implica una elección, uno es amigo porque elige, no por circunstancias familiares.  Uno elige entregarse a un amor irrepetible, distinto del de amar a los padres o a el/la novio/a, a tal punto que la confianza excede cualquier probabilidad o cualquier capricho de la naturaleza, consecuentemente creyendo que es EL AMIGO la barrera contra cualquier debilidad o contratiempo.  Además, a los adolescentes nos piden tantas responsabilidades en pro de mantener un cuidado personal que terminamos considerándolo exagerado cuando no nos contagiamos de sida ni nos golpean a la salida de un boliche.

Una de las películas más melodramáticas de la historia es Gente como uno, de Robert Redford.  El personaje principal, interpretado por Timothy Hutton, experimenta la muerte de su mejor amiga, y entra en una profunda crisis personal que lo lleva casi al borde del suicidio.  ¿Por qué?  Yo creo que es muy sencillo.  Estoy seguro de que los mejores amigos de Tommy concurrirán a su velatorio o misa o recordatorio pensando: “Tantas cosas que no le dije…, tanto que tenía que compartir con él…”.  Y no está el amigo en la misa o el velatorio para ofrecernos su hombro y llorar; el mismo amigo que nos ofreció el hombro tantas veces (entiéndase esto también metafóricamente).  Quizás con la muerte de cualquier persona ocurra esto, pero con alguien de nuestra edad, tan joven, pasa algo único: compartimos un código tan personal e internalizado, forjado en cada palabra, en cada gesto, en cada vivencia, que asimilarlo como un recuerdo de algo que jamás volverá constituye la quintaesencia del proceso de la madurez: adolecer es perder.  Un adolescente que ha perdido a un amigo de su edad, tan súbitamente y en las circunstancias menos imaginadas, no hace más que convertirse en adulto.  Perder a un padre, como en mi caso, no priva de sentirse vulnerable, respaldado por el resto de las personas, cobijado como un niño.  Perder a un compañero, un par, es saber que la muerte también puede tocarnos a nosotros, tan de repente.  Tommy es ahora los recuerdos, pero los recuerdos también son los de quienes viven a kilómetros de acá, pero viven.  La verdadera cuestión no es la tristeza por el ser que se fue, es el miedo que nos ha tomado por completo y nos ha despojado de nuestra confianza eterna en seguir eligiendo a los que amamos hasta encuadrar perfectamente en las convenciones de nuestra sociedad, o sea, hasta morir de viejos por alguna enfermedad común.

A menudo pienso en mí transitando una situación similar: si murieran Nico, Ale, Augusto, Ana, Lau, Mariano, Leo, Renzo, tantos otros…  Quizá, pensándolo dos veces, tal vez no he terminado de adolecer.

 

Tommy fue un amigo muy cercano hasta que empecé a estudiar en Córdoba, en especial debido a que compartíamos un grupo muy copado con otro amigazo que ahora está en Buenos Aires, Dani Rutsch.  Él tenía trece o catorce por esos tiempos, y siempre mostraba disposición y cordialidad.  Era un pibe atento y sencillo, a pesar de hallarse en una holgada posición económica.  Guardo una remera que me regaló para mi cumple número 17.  Más de una vez lo he visto en el centro, mucho más cercano a cuestiones que no despiertan mucho interés en mí, quizá por eso, y porque no creo que él me haya reconocido, no me acerqué.  Debo ser franco: ha muerto alguien que me inspira estas líneas, no un amigo cercano; jamás experimentaré lo que tan sentida y desgarradoramente expresan los que escriben en su Facebook.

Quizás no sea tarde para dar gracias por los amigos, para manifestar que los 20 de julio son excusas, para seguir siendo los mismos pendejos que creíamos que la muerte era una fábula en un libro, un cine, o un viejo en un geriátrico.

 

A Tomás Celentano (1988-2009), q. e. p. d.

Mis respetuosas condolencias a sus familiares y amigos.

 

VADE RETRO, una joya del cine de terror

•febrero 7, 2009 • Dejar un comentario

 

Bueno, lo prometido: Vade Retro, un cortometraje que filmamos una tarde, aburridos mis amigos y yo, en mi casa.  Está grabado con una cámara Panasonic M-9000 (de más está decir que ya no se usan más).  El soporte es VHS, sin embargo la calidad no fue tan mala como hubiéramos pensado.  Fue editado con 2 videograbadoras y posteriormente re-editado con un software de edición muy básico, que permitió ensamblar las tomas con mayor precisión y agregarle música.  Finalmente, acabo de darle algunos toques a esa versión, algo no muy elaborado para no perder la originalidad de esta joya: he mejorado un poco el sonido y el contraste de la imagen.

Vade Retro es la historia de una banda de rock, formada por Renzo Paruccia, Dani Rutsch, Laura Machado y Mariano Carranza, que se prepara para dar un show en un bar llamado “Vade Retro”.  A lo largo de los minutos que dura el corto, se irán sucediendo las muertes de una manera muy extraña, y también muy graciosa.  Las actuaciones son dignas de reconocimientos internacionales.  Presten atención en particular a Mariano, es increíble cómo dice: “Che, asesinaron a los chicos…”.

Espero que lo disfruten y espero sus comentarios.  Nos leemos pronto.

El único poema que escribí en mi vida

•enero 19, 2009 • 3 comentarios

 

Como bien expresa el título de este post, publico el único poema entero que escribí en mi vida.  Lo compuse hace un año, el día de la muerte de una ex compañera de curso, Gimena Peloso, a los 21 años de edad.

El valor literario nulo de este texto se compensa en mi sentimiento del profundo dolor que experimenté con el fallecimiento de mi amiga, el 26 de enero del año pasado.

A un año de su desaparición, mis sentimientos de afecto están con su familia: sus padres, abuelos, hermanas e hijito.

gimena-peloso

Vení a ver su rostro, hermano,

vení a ver su cuerpo.

Que no por muertos dejan de brillar sus ojos,

ni por quietas de dar sus manos.

Vení a ofrecerle tu enojo.

Vení con tu amargura y silencio,

que la resignación sea dura

y punzante tu desprecio.

Vení a recordar el tiempo

en que fuimos uno, amigo.

Dejame que su abrigo sea el recuerdo,

y dejame que muerto

me pierda y me olvide,

mas guarde quien de nosotros vive

de su esencia el portento.

Vení, dejame que te cuente

de mi pena y asombro.

Que cada vez que la nombro

me retrotraigo a la era buena

en la fuente

de la juventud que añoro ahora,

donde el futuro en la mente,

concibe años, hijos y bodas

Vení a ver su sangre, sus labios finos;

Vení con rabia a ver la vergüenza

y la impunidad del destino.

 

A María Gimena Peloso Grigolo (1986 – 2008)