Un adelanto de mi primer libro

 

Finalmente, después de tres años de escritura, corrección, concursos literarios, entrevistas, idas y vueltas, la editorial cordobesa Ediciones del Boulevard publicará mi primer libro.  Esta editorial ha sido el sello de escritores destacados en el ámbito local y nacional como Cristina Bajo, Sergio Gaiteri, José Playo y Jorge Felippa, de modo que es un orgullo para mí comenzar con mi primera publicación en ella.

El título del libro es un misterio todavía, pero estará definido en estos días.  Les voy anticipando a los que quieran adquirirlo que podrán hacérmelo saber y, pagando el valor del libro (32 pesos) recibirán un cupón de pre-venta (podrán abonarme en dos o tres veces).  Lo retirarán durante el mes de junio o julio en que se realizarán las presentaciones.  También se podrá vender por internet, pero no en las condiciones de pre-venta, por lo tanto habrá que esperar a que esté impreso.

De los 18 cuentos, aquí les dejo un adelanto de uno de ellos, titulado “Los intrépidos conspiradores de bronquios inflamados”.  Ésta es la primera parte, para enterarse de lo que ocurre después, ya saben qué hacer:

I

And the symptoms are…

 

En Giardino el azar no es infrecuente (o las causalidades mueren encubiertas).  Los hechos pueden ser menos mágicos que auspiciosos, pero siempre revisten un halo de misterio que acaba en el límite con Huerta.  He aquí un adecuado ejemplo de ello.

En 1989 Margarita Silencio quedó embarazada de un varón.  No suscitará sorpresas – como suele ocurrir en todo relato concebido por las fuerzas del destino para ser intrincado –, que no se supiese la identidad del padre.  En boca de todo el pueblo el comentario constituía más estúpida credulidad que maliciosa habladuría: que el padre era un jovencito analfabeto del Molino, de no más de catorce años, decían; que vivía borracho y no precisamente en sentido figurado, se ensañaban las vecinas; que aunque tomara el agua de las vertientes todo el año, cada madrugada se caía en las escaleras de la Terminal más o menos a la misma hora, hediendo al mismo tetrabrik y meándose los pantalones como si la vejiga se le achicharrase cada cinco minutos….

Esa farsa que nació de la complacencia produjo que incluso los padres de Margarita Silencio jamás le preguntaran por el padre de la criatura, pues daban por sentado que era tal sujeto.  Margarita Silencio jamás lo mencionó (probablemente porque no lo conocía en absoluto) y, con los años, el conocimiento de la verdad resultaría – en apariencia – indistinto.

En enero del 90, exactamente el día en que se cumplían diez meses de embarazo, nació Teófilo Silencio en el dispensario local.  Su madre no pronunció un solo sonido al dar a luz, pues fiel a las instrucciones de ciertos textos New Age para embarazadas (que, a propósito, se consiguen en Giardino con mayor facilidad que cualquier versión de la Biblia), contuvo los gemidos y lamentos fijando sus pupilas en un agujerito que atravesaba la pared opuesta a su cama, notando durante varios segundos cómo el ojo estrábico de un residente degenerado apenas se contenía en su cuenca.  La labor de parto duró menos que lo esperado y no hubo complicaciones sensu stricto, si bien la sorpresa del nacimiento fue grande: lo que se disparó del útero no parecía un ser humano, sino una especie de roedor enteramente cubierto de vellos cobrizos.  Era muy pequeño para ser un bebé (cuarenta y dos centímetros y poquito menos de novecientos gramos) y apenas se podían ver sus ojos de obsidiana y sus fosas nasales sobresalir detrás del mucílago de pelos y líquido amniótico.  Los profesionales concluyeron que el niño estaba sano, pues respiraba dentro de los parámetros esperables y respondía a los estímulos externos, curiosamente no mediante el llanto sino a través de movimientos espasmódicos de sus deditos y una tos seca y poderosa.  La obstetra se relajó y dijo que la excesiva cantidad de pelo caería en pocas horas.  Margarita Silencio lo tuvo en sus brazos y lo miró fijamente sin decir nada, exhalando la ternura de siempre y transmitiéndole su amor de madre en ese código exclusivo que allí crearon.

Luego de un día y medio, Margarita y Teófilo Silencio se trasladaron a la casa familiar donde también vivían los padres de ella, renombrados en todo el pueblo debido a su fastidiosa (e irónica, si se tiene en cuenta su apellido) locuacidad.  Como era previsible, no ahorraron el esfuerzo de agotar los diccionarios de sinónimos para elogiar al nieto recién llegado, aun a pesar de la pelambre.  Ante semejante sonora en las pacíficas lomas del Molino, la madre gestó el hábito y la habilidad de escuchar, aunque su naturaleza innata la conminaba a parlotear constante y profusamente en la quietud de su alma; el hijo, por su parte, se mostró perturbado frente al cambio de ambiente entre el hospitalito y la tertulia de la casa, circunscribiendo en ella, asimismo, el incesante soliloquio de su madre que podía atestiguar casi en términos telepáticos.  Fue durante su segundo día de vida que Teófilo Silencio pronunció su primera palabra:

– ¡Cállense, cállense, cállense!

Los abuelos callaron; Margarita Silencio sonrió, inspiró profundo, e hizo la pausa para aminorar el fluir de su honda verborragia.  Todos los vellos corporales del bebé se desprendieron de su piel en el acto y fueron a dar al piso en perfecta sincronía unos con otros; ningún vello cayó antes o después.  Desde ese momento hasta los doce años, los únicos pelos que le cubrirían el cuerpo serían sus pestañas.  Al minuto siguiente, Teófilo Silencio lloraría por primera y última vez en su vida.  El inconveniente fue la prolongación de ese llanto se prolongaría durante un año, dos meses y seis días, hasta que afortunadamente se conoció su causa.

 

Margarita Silencio y sus padres ensayaron varias posibilidades de cura.  La primera fue, muy a su pesar, el intento de un silencio permanente, pero por razón de este método no obtuvieron resultados favorables.

El berreo persistió a pesar de que el niño fue llevado ante una docena de brujos y manosantas locales: el que diagnosticó un mal de ojo finalmente causaría que Teófilo Silencio fuera gravemente miope y tuviera que usar gruesas antiparras toda su vida; otro le anunció pata de cabra y terminó causándole un entumecimiento vitalicio del pie izquierdo; el que habló de empacho lo condenó a ser seco de vientre… en conclusión: antes de que una vieja de doscientos dos años intentara curar lo que llamaba paperas, la madre y los abuelos lo llevaron a una clínica en Córdoba.

 

Una vez evaluados los síntomas, la conclusión del pediatra fue categórica:

 Teo tiene alergia.

Incapaz de precisar detalles más esclarecedores, recomendó entrevistar a un alergista renombrado, quien casualmente atendía en el consultorio adyacente.

Este especialista pidió más de cincuenta exámenes, y no bien obtuvo los resultados, se sinceró:

 Señora, ¿usted ha visto las ronchas que tiene el nene en la panza?

Margarita Silencio descubrió el vientre del bebé y las observó sorprendida.

 Preste atención, parecen moretones – dijo el médico – pero si se fija bien son ronchas… ronchas de color azul. 

Luego extrajo un pañuelo de su bolsillo y lo acercó al rostro de Teófilo Silencio, y el berrinche se intensificó sobremanera.  Después de guardar nuevamente su pañuelo se sentó a su escritorio y elaboró la primera historia clínica del niño.

 Présteme mucha atención – pronunció con mesura.  – Al nacer, el vello que le cubría el cuerpito lo inmunizaba, pero cuando perdió esa protección quedó indefenso.  Según los estudios que realizamos, le pido que no se asuste por favor, se trata de alergia al género humano.  En principio esta condición es incurable.

Margarita Silencio emitió una ligera carcajada que fue opuesta por la mirada rígida del médico.

   Hay otro alergénico que puede ser tratado e incluso curado, pero nunca se sabe bien en qué momento de la vida es conveniente aplicar los tratamientos, porque sólo a determinada edad el propio organismo responde positivamente… por eso es importante que venga a consulta una vez cada dos meses.

El rostro de Margarita Silencio intentaba transmitir seguridad e instrucción en este tipo de asuntos.  El pediatra prosiguió:

 Según lo que he podido observar en el examen general y en los estudios, esta alergia secundaria es al color azul y sus similares, como el celeste de mi pañuelo.  Ahora bien, puede, a lo largo del tiempo, manifestar reacciones alérgicas a otros factores, que no están muy claros todavía.  Hay que esperar si se manifiestan mejor y estar atentos, generalmente aparecen antes de los veinticinco años, y se han dado casos en que se manifiestan una vez que se trató otra… este tipo de alergias, llamémosles, “conjuntas” – graficó las comillas en el aire –, son afecciones muy raras que la medicina todavía no ha podido investigar con suficiencia.

Durante más de cinco minutos los Silencio comentaron en voz baja mientras el doctor completaba los formularios de la obra social.

 Estas ronchas provocan mucha picazón, pero no desespere: se irán una vez que lo aleje de los causantes de su enfermedad, los dos que hasta ahora conocemos.  Así como éste, puede tener otros síntomas característicos de las alergias, por lo tanto es muy importante que se lo mantenga controlado; tarde o temprano detectaremos los síntomas y reacciones que indiquen más sobre el caso.  Tenga paciencia y compre estos remedios.

 

La familia regresó a Giardino atónitos y desanimados.  Cualquiera podría haber optado por no creer.

Margarita Silencio acondicionó un cuarto para su hijo y estructuró la vida familiar alrededor de su reclusión y consecuentes impedimentos. 

Desde ese momento, todos hicieron mejor honor a su apellido, desterrando su afanosamente conseguida popularidad al infinito archivo anecdótico del pueblo.  Y Teófilo Silencio no lloró más.

 

Espero que sirva de ejemplo cabal para tener una idea de las aspiraciones estéticas y narrativas del libro.  Nos leemos pronto.

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~ por Marcos en abril 17, 2009.

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