TRIVIUM On-line

•enero 19, 2009 • Dejar un comentario

 

Finalmente, luego de adquirir un nuevo módem, he podido subir los videos de TRIVIUM, dirigidos por mí, a la red.  Aquí están para que los disfruten.  Admito que la diferencia entre haberlos visto en el cine y verlos ahora en la pantalla de una PC es abrumadora, pero el intento y la disposición de ustedes permitirá que muchas personas tengan acceso a esta producción.

Toda la información sobre TRIVIUM en este post:

https://tallerdemarcos.wordpress.com/2008/10/07/trivium-es-un-hecho-total-trivium/

Aquí los links a la primera parte de cada video:

 

VINCENT

 

Y UN BUEN DÍA UN ENORME PEZ MUERDE EL ANZUELO

 

THES OCZELLS WISSENT NICHT THER SILENZ

 

Espero sus comentarios.

Selbsporträt

•enero 19, 2009 • Dejar un comentario

 

Un video de mi primo segundo Iván Dahl, quien estudia realización audiovisual en Buenos Aires.  Espero que lo disfruten tanto como yo.

Sí, sí se puede encontrar un plano con un celular…

•diciembre 16, 2008 • 1 comentario

 

Durante el segundo semestre del año, tuve la fortuna de implementar el proyecto “Una primera mirada a la producción audiovisual propia y ajena” en el I.P.E.M. 335 de Valle Hermoso, en sexto año.

El programa, diseñado por mí, constituía en un par de clases teóricas sobre diversas cuestiones referentes al planteo general del cine y una introducción a las múltiples formas de puesta en escena, y luego clases prácticas en que los alumnos desarrollaron un cortometraje que posteriormente filmaron con sus celulares y editaron en las computadoras del colegio.

Quiero agradecer y felicitar a todos los que trabajaron, porque, si bien hay muchísimo por mejorar, esta primera experiencia me ha dejado más que satisfecho.  Éxitos a todos y en particular un gran beso a mi amiga Vero Contrera, la profesora titular de la cátedra Lenguaje Audiovisual.  También muchas gracias a Marta y a Miriam por haber participado contando sus experiencias.

Aquí les dejo algunas fotos de los trabajos y sus autores.  Por algunos inconvenientes de conexión con Arnet, se me hace imposible subir a Youtube los videos, pero lo haré en cuanto cambie este maldito módem.

Los celumetrajes fueron:

Mala junta, de Diego Alba, Néstor Hamié y Ezequiel Reynoso (comedia)

Soledades, de Jesica Reynoso y Milagros Vega (videoclip)

El cigarrillo, de Carolina Avarello y Jessica Quinteros (videoclip)

Nosotros, los de ayer, los de siempre…, de Ludmila Bustos (documental)

Desencuentro, de Melanie Alonso y Noelia Luján (ficción experimental)

Jui un ratón, de Anabel Benza y María Ester Cabiedes (ficción experimental)

La traición del juego, de Yanina Barrera y Denis Verardo (videoclip de horror)

Jackass casero, de Germán Díaz, Elías Manzano y Bernardo Verdún (parodia)

El campo, de Verónica Ahumada (documental)

La falsedad mata, de Estefanía Díaz (videoclip)

 

 YO DÁNDOLE ALGUNAS INSTRUCCIONES DE EDICIÓN A GERMÁN

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EL GRUPO DE PYRU Y ANITA, CON AMIGAS DE OTROS CURSOS

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EL GRUPO DE CARO Y JESI, Y EL GRUPO DE LA OTRA JESI Y MILY

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EL GRUPO DE LOS Q’ C IO

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LUDMILA, TÍMIDA

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EL GRUPO DE MELANIE Y NOELIA, Y EL DE YANINA Y DENIS

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Un Marxista (de Karl, no de Groucho) en Springfield

•diciembre 16, 2008 • 2 comentarios

Un ensayo que me ha permitido pensar a Los Simpsons desde otro punto de vista.  No estoy de acuerdo con todo lo que escribe James Wallace, pero creo que vale la pena cambiar la dirección de la mirada, aunque sea un instante, para entrar en contacto más profundo con la naturaleza de la sátira más aguda de la televisión.

 

Un Marxista (de Karl, no de Groucho) en Springfield

 

De James M. Wallace (en The Simpsons and Philosophy, The D’oh! of Homer.  Popular Culture and Philosophy, Volume 02.  Editado por William Irwin, Mark T. Conard, and Aeon J. Skoble.  Traducción de Marcos Funes Peralta.

 

“El humor”, como advirtiera E. B. White, “puede ser diseccionado como una rana, pero  muere en el proceso, y lo de adentro es desalentador para cualquiera excepto para la mente científica”[1].  Una disección marxista realizada por el adusto científico socialista, puede resultar casi mortal para el humor en cualquier chiste, ya que desnuda las entrañas de la ideología en el cuerpo de la comedia burguesa.

No es que los marxistas no disfruten de un buen chiste; el mismo Marx intentó escribir comedia, notablemente una novela en el estilo de Tristram Shandy.  Pero el humor presenta un desafío complicado para cualquiera que se preocupe por la justicia y la equidad: ¿qué es tan gracioso, después de todo, en un país en que el cinco por ciento de la población controla el noventa y cinco por ciento de la riqueza?  ¿Es una traición al pensamiento marxista saber que 20 obreros son asesinados y 18.000 agredidos en sus trabajos en los Estados Unidos y aún así reírnos cuando Apu, el miedoso dueño del minimercado le dice a Homero: “No te mentiré.  En este trabajo te dispararán”?  Tal vez el rabino Krustofsky tenga razón: “La vida no es divertida; la vida es seria”.

Pero Los Simpsons es entretenido, y la comedia tira para tantas direcciones que puede resultar imposible mirar el programa y no reírse a pesar de las visiones políticas y económicas de cada uno.  Y dado que el programa es frecuentemente tildado de “subversivo”, podemos esperar que sea especialmente atractivo para el crítico de las ideologías prevalentes e interesado en cómo el arte puede ser usado para hacer temblar los fundamentos del poder social.  Reconociendo que el humor puede ser muy subjetivo y que el análisis apaga un poco la comedia, consideremos cómo Los Simpsons logra la subversión cómica por la cual es tan reconocido.

 

Risa inteligente 

El programa puede ser usado en un seminario sobre comedia para definir una de las nociones fundamentales de qué hace algo gracioso: la incongruencia.  Tendemos a reír más ante la relación entre elementos ordinarios incompatibles, la yuxtaposición de ideas, imágenes, sentimientos y creencias que normalmente mantenemos separados en nuestras mentes, la disrupción de lo que consideramos usual o convencional, y la frustración de las expectativas, o, en palabras de Kant: “una tensa expectativa repentinamente reducida a nada”[2].

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HOMERO: ¡Oh, Dios!  ¡Extraterrestres!  ¡No me coman, tengo una esposa e hijos… cómanlos a ellos!  (“Treehouse of horror VII”[3]).

 

HOMERO: Oh, Dios.  Me dejé llevar tanto por la Propuesta 24 [deportar a los inmigrantes ilegales de Springfield], que nunca me detuve a pensar que podría afectar a alguien que quiero.  ¿Sabes, Apu?  De veras, de veras vamos a extrañarte.  (“Much Apu about nothing”).[4]

 

En estos dos casos la comedia deriva de la diferencia entre lo que uno esperaría que alguien dijera en una situación similar y lo que realmente se dijo.  Nuestras expectativas dependen, por supuesto, de nuestra familiaridad con las convenciones del comportamiento entre padres y amigos.  Un padre que usa su familia para implorar por su vida, normalmente, asumimos, asegurar que su familia depende de él, no que ellos pueden reemplazarlo.  Cuando la situación es reversa y la familia está en peligro, el padre, de acuerdo con el comportamiento convencional de los padres nobles y valientes, diría: “Llévenme a mí”.  La usual y esperada abnegación de un padre es en un flash mental conectada y contradicha por el comentario egoísta, si bien hilarante, de Homero.  La comedia depende, por supuesto, de la “irrealidad” del arte; un padre que literalmente sacrifica a sus hijos para su supervivencia personal no es para nada gracioso.  Para estar seguros, se podría decir que la traición de un padre a un hijo en cualquier contexto no es cómica tampoco, pero en el terreno del arte que depende de la incongruencia cómica y del “impacto”, nuestras presunciones y convenciones se alivian con el resultado de que somos, quizás por primera vez, conscientes de ellas si nos detenemos un momento y pensamos por qué nos reímos.  La subversión es posible sólo después del reconocimiento, y Los Simpsons, como toda comedia basada en la incongruencia, nos pide al menos que pensemos en cómo vemos normalmente el mundo.  En nuestra visión “normal” del mundo, los padres deben ser leales y abnegados proveedores comprometidos a cualquier costo con la preservación de sus familias.

En el segundo ejemplo, la epifanía de Homero es completamente disuelta cuando Homero le dice a Apu que “de veras, de veras” lo va a extrañar.  De hecho, el énfasis torna la línea más cómica ya que sugiere que a Homero de veras, de veras, le falta comprender la contradicción entre, por un lado, el instantáneo darse cuenta de que él es en parte responsable por la deportación de su amigo y, por otro lado, el gesto amable al decirle a Apu que lo va a extrañar.  En la mente de Homero, por supuesto, no hay contradicción entre estos dos sentimientos: está meramente diciendo: “No me he dado cuenta de que partirás, adiós”.  Pero para los espectadores, criados en las convenciones de la amistad y esperando la usual introspección y tal vez disculpa que viene de alguien que ha reconocido su complicidad en un acto errado, la línea sorprende.  El chiste no sería gracioso en una sociedad cuyos valores difieran ampliamente de los nuestros.  Mientras el humor del pasaje depende de nuestra conciencia sobre comportamiento y actitud convencionales, el pasaje es asimismo gracioso en otro nivel ya que señala algunos defectos del pensamiento y comportamiento “convencionales”, que incluyen echar la culpa a otros por las fallas propias y estereotipar, olvidando que las visiones políticas abstractas tienen consecuencias para los individuos, y la falta de atención sobre las contradicciones entre nuestras vidas públicas y privadas, todo de lo cual Homero es culpable.  En otras palabras, el complicado discurso de Homero contiene varios comentarios incisivos sobre el comportamiento social y las relaciones, que entendemos como comentarios satíricos al reconocer que un mundo más perfecto no tendría estereotipos, chivos expiatorios, comportamiento inconsistente y demás.  Cuando Homero dice: “Me dejé llevar tanto por…”, lo encontramos cómico porque lo convencional colisiona con lo ideal, nos sorprendemos por la verdad en el comentario de Homero.  Después de todo, rara vez la gente admite tan caballerosamente un comportamiento falto de ética o un pensamiento ilógico.  La referencia casual de Homero a una práctica tan común de la que nadie debería sentirse orgulloso es cómica.  Como todo en la sátira, un ataque contra el vicio y los defectos de la humanidad presupone un mundo mejor en que los humanos actúen de acuerdo a las nociones del autor sobre qué es correcto y adecuado.  En este caso, la incongruencia sirve para llamar nuestra atención hacia el comportamiento humano común (incluyendo, quizás, el nuestro) y para generar dudas sobre lo apropiado de ese comportamiento.  Este tipo de sátira nos desafía usualmente a cuestionar las prácticas, hábitos y perspectivas “ordinarias” y a reflexionar sobre cómo se puede mejorar el mundo, en este caso eliminar los chivos expiatorios y los estereotipos.

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Debido a que la sátira opera a un nivel más elevado que, digamos, la comedia física, requiere más de los espectadores, de quienes se espera que, en un principio, entiendan qué se está ridiculizando y, en segundo término, sepan cómo se supone que debe ser el mundo ideal.  Los familiarizados con Una modesta proposición, de Jonathan Swift, una de las sátiras más ingeniosas jamás escritas, conoce las trampas de no entender la sátira y, de asumir que, en este caso, Swift abogaba honestamente por comer niños irlandeses en lugar de llamar la atención hacia cómo los terratenientes ingleses, metafóricamente, “devoraban” a la ciudadanía irlandesa y su tierra.  El lector o televidente debe “agarrarlo”, o la sátira fallará en demostrar su punto.  Toda comedia demanda algo del lector, y la sátira tal vez más que cualquier otra forma.  George Meredith, un contemporáneo de Marx y prominente novelista de la época Victoriana más tardía, creía junto con muchos escritores de ese período que la literatura, en especial el drama, debía proveer lecciones en relación al orden social, y que las comedias que evocaban la “risa inteligente”, podían atraer la atención sobre las debilidades de la humanidad y contribuir finalmente al alivio de las enfermedades sociales.[5]  Además de Una modesta proposición, podemos también considerar desde una época previa a Volpone y The vanity of human wishes [de Ben Jonson y Samuel Johnson, respectivamente], como también, más adelante en el tiempo, Don Juan, de Byron, en una larga lista de sátiras en este estilo.  Si bien muchos teóricos modernos ya no creen que la literatura pueda o deba acarrear corregir los problemas de la sociedad, la mayoría de las comedias – aún las televisadas – todavía mantienen el parámetro de reconstruir la sociedad de acuerdo a un programa más humano, o bien, en el caso de la sátira, señalar los hábitos, vicios, ilusiones, rituales y leyes arbitrarias que impiden el movimiento hacia un mundo mejor.

En la tradición de la comedia, entonces, una sátira subversiva como Los Simpsons apuntaría – y en apariencia sí apunta –  a exponer la hipocresía, pretensión, excesivo comercialismo, violencia gratuita y demás vicios que caracterizan a la sociedad moderna y a sugerir que algo mejor yace por encima de ellos.  En términos Marxistas, entonces, la comedia satírica como Los Simpsons, puede ser discutida en su acción de distanciarnos momentáneamente de la ideología prevalente de la Norteamérica capitalista.  El término “ideología”, como Michael Ryan define, “describe las creencias, actitudes y hábitos de sentimiento que una sociedad inculca para generar una automática reproducción de sus premisas estructurantes.  La ideología es lo que preserva el poder social en la ausencia de coerción directa”.[6]  En otras palabras, la abnegación y lealtad que se espera de los padres y la humildad y constricción que se espera después de haber herido a un amigo son parte de la ideología, pues son las actitudes que llevan a los estereotipos y chivos expiatorios y los valores que sostienen nuestras actuales relaciones sociales o condiciones económicas.  La sátira auténticamente subversiva, y especialmente una que, como Los Simpsons, contiene tantas direcciones equivocadas e incongruencias, nos pide distanciarnos momentáneamente de la ideología, ya sea para objetivizar los elementos de esa ideología (lealtad, humildad, constricción) o para “reírnos inteligentemente” de las creencias, actitudes y hábitos de sentimiento que caracterizan a la sociedad moderna.  Primeramente, sin embargo, la risa – que requiere inteligencia, reconocimiento y distancia – ayudaría, para un Marxista, a la audiencia a resistir la inculcación de una ideología pretendida “para generar una automática reproducción de sus premisas estructurantes” y “preservar el poder social”.  Los hábitos de competición y medición del valor de los individuos por sus apariencias, por ejemplo, arraigados en el sistema de valores capitalista, llevó a los estereotipos.  El escritor de comedia puede centrar nuestra atención en estos hábitos como hábitos, no como modos naturales de actuar y creer, en consecuencia alentándonos a resistirnos a ellos.  Los tantos estereotipos de Los Simpsons pueden ser vistos, entonces, no como una representación maliciosa de grupos étnicos, sino como una advertencia frente a nuestra tendencia a crear estereotipos.

A diferencia de programas más tradicionalistas y “realistas”, que reflejan y propagan ideología, Los Simpsons nos ofrece una oportunidad de liberarnos de ella y de las “premisas estructurantes” – tales como competición, consumismo, patriotismo ciego, individualismo excesivo y otras presunciones – sobre las cuales el capitalismo está construido.  De hecho, debido a que Los Simpsons es un dibujo animado, sus escritores pueden hacer cosas que los productores de televisión realista no pueden, lo que les facilita aun más espacio para despedazar las ilusiones de la realidad y traquetear la creencia de los televidentes de que el capitalismo ofrece la única y natural forma de vida.  Los programas que “imitan” la realidad demasiado precisa dan la impresión de que la realidad que muestran es inescapable y natural.  No debe ser tan largo el tramo, entonces, para sugerir que Los Simpsons es una suerte de programa televisivo brechtiano.  De igual modo en que Bertolt Brecht rechazó los elementos artificiales del drama – la trama unificada, personajes simpáticos, temas universales – por técnicas que “alienaban” o distanciaban a la audiencia, Los Simpsons mezcla la realidad dejándonos en nuestras situaciones intelectuales, de modo que tenemos que evitar el hábito atrofiante de identificarnos con los personajes y continuar evaluando el contenido intelectual de lo que estamos viendo.  El crítico marxista Pierre Macherey podría encontrar en Los Simpsons un ejemplo cabal de arte “de-centrado”, que disemina y dispersa el contenido ideológico, revelando efectivamente los límites de esa ideología.

Como sólo un ejemplo de los desafíos subversivos de Los Simpsons al dogma capitalista, que es logrado a través de la incongruencia, el siguiente diálogo, que puede ser demasiado bueno para mancillar con análisis, está entre los mejores de la serie.

 

LISA: Si no llegamos pronto a la convención, se acabarán los cómics.

BART: Ah, ¿qué tanto te preocupan los buenos cómics?  Todo lo que siempre compras es Casper el fantasma cobarde.

LISA: Creo que es triste que equipares lo amistoso con lo cobarde, y espero que eso te detenga de alguna vez tener verdadera popularidad.

BART: [mostrándole cómics de Casper y Ricky Ricón].  Bien, ¿sabes lo que pienso?  Que Casper es el fantasma de Ricky Ricón.

LISA: ¡Es cierto, se parecen!

BART: Me pregunto cómo habrá muerto Ricky.

LISA: Tal vez se dio cuenta de qué tan vacío es realmente la búsqueda del dinero y se suicidó.

MARGE: Niños, ¿pueden animarse un poco?  (“Three Men and a Comic Book”)

 

En una sátira radical, especialmente una que contiene un intercambio como ése o el retrato inexorable y mordaz del Sr. Burns, se podría esperar una critica negativa y exposición de la ideología burguesa, una larga barrera contra la inculcación de valores represivos.  Desafortunadamente, esto no ocurre.

 

De haut en bas[7]

 

Debido a que la sátira social y política en una sociedad construida sobre valores capitalistas cuestionaría casi por definición esos valores, un marxista debería sentirse en su propia casa residiendo en Evergreen Terrace.  Pero aparentemente, éste no es el caso.  De hecho, si en la mente pública, el Marxismo es sinónimo de Comunismo (y obviamente hay una buena razón para relacionar a ambos), muchos fans de Los Simpsons sabrán que los marxistas no son bienvenidos en Springfield.  Cuando Tomy y Daly cambia de programa, Krusty se ve forzado a sustituirlo por el dibujo animado Obrero y Parásito, “los favoritos de Europa del Este”, un mirada sombría y aburrida sobre la explotación de la clase trabajadora que inmediatamente deja vacío el estudio de televisión de Krusty.  En “Brother from the same planet”, un recluta del Partido Comunista de Springfield se dirige a la multitud antes del comienzo de un partido de fútbol americano.  Desafortunadamente para el decrépito viejo recluta, es el “Día del Tomate”, y la multitud le lanza sus tomates gratuitos.  En “Homer the Great”, el abuelo Abe Simpson busca en su billetera la prueba de que él es un miembro de la logia de los Magios:

 

ABE: Ah sí, veamos… [revisando su billetera]. . .   Soy Alce, masón, comunista.  Presidente de la Alianza de Gays y Lesbianas por alguna razón.  Ah, aquí está.  Los Magios.

Aparentemente el Partido Comunista ha engañado a otro confundido anciano para afiliarlo, o, tal vez el punto sea que el comunismo es un sistema viejo y débil, cuya decadencia celebran todos, incluso los miembros de Spinal Tap[8]:

 

DEREK: No se me ocurre nadie más beneficiado por la muerte del comunismo que nosotros.

NIGEL: Oh, tal vez la gente que vive realmente en países comunistas.

DEREK: Ah sí, no había pensado en ellos.  (“The Otto Show”)

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Si bien el aguafiestas Karl Marx podría no ser bienvenido en Springfield, Groucho Marx ha tenido algunas apariciones en varios episodios, bien sea en persona (en la multitud alrededor del Dr. Hibbert en “The Boy Scoutz ‘N the Hood”) o en paráfrasis en – ¡de todos los episodios! – “Scenes from the Class Struggle in Springfield”.  Marge, finalmente aceptando que ha relegado a su familia en su intento por ser aceptada como miembro del country club local, rechaza la membresía con una versión de la famosa línea de Groucho.  “No quisiera unirme a un club que aceptara a esta mí como miembro”, declara Marge.  La alusión está ciertamente garantizada ya que los hermanos Marx se ganaban la vida exponiendo las pretensiones y la hipocresía de la alta sociedad.  Pero la paráfrasis es verdaderamente brillante.  Mientras Groucho sarcásticamente renunciaba a las organizaciones con estándares tan bajos como para admitirlo a él, Marge rechaza una cuyos estándares permiten sólo a “esta” Marge, la que ha gastado sus ahorros en llamativos vestidos, estacionado su auto fuera de su vista y agresivamente ordenado a su familia que suspendan sus comportamientos normales y que “sólo sean buenos”.  No es una versión de Marge con la que ella esté conforme, y renuncia a una ideología que la forzaría a sacrificar su verdadera identidad, su verdadera esencia.  Groucho, no desconocedor de lo subversivo pero ciertamente ningún marxista, provee la inspiración para la triunfal renuncia de Marge a los elitistas miembros del country club; y, si bien la clase de Karl no se permite en el pueblo, ella muestra una verdadera sensibilidad marxista cuando reafirma su libertad de una ideología represiva.

Pero para un lector marxista hay algo perturbador en la escena final en “The Class Struggle in Springfield”.  Mientras la clase alta ha sido sonoramente burlada, el episodio termina con el clan Simpson de vuelta en su lugar, los mejor conocidos alrededores de Hamburguesas Krusty.

 

JOVEN: [trapeando el piso]   ¿Vienen del baile de graduación?

BART: Algo así.

MARGE: Pero, ya sabes, nos dimos cuenta de que estamos más cómodos en un lugar como éste.

JOVEN: Están locos.  ¡Este lugar es un basurero!

 

En tanto que la familia sabiamente dio la espalda a los crueles e insinceros miembros del country club (“Espero que no tome mi intento de destruirla muy seriamente”, dice uno de ellos con respecto a Marge), el desafío de la familia Simpson contra la clase golfista y acaudalada parece impotente e inefectiva.  De hecho, el padecimiento de su protesta fue eclipsada anteriormente en el mismo episodio cuando Lisa, observando a la hija de Kent Brockman protestar caprichosamente a un camarero que le trae un sándwich de mortadela en lugar de abulones (que ella insiste que pidió), se indigna, pero inmediatamente se distrae al ver a un hombre montar un pony, su animal favorito.  Posteriormente la vemos montando un pony; “Mira, mamá”, grita, “encontré algo más divertido que quejarme”.

Si la diatriba de Lisa contra la insolencia y el maltrato a los empleados no es nada más que “quejarse” y si puede ser silenciada por un pony, ¿qué diremos de su espléndido comentario después en el mismo episodio, cuando se acerca a la cena de iniciación en el club (“Voy a preguntarles a las personas si conocen los apellidos de sus sirvientes, o en el caso de mayordomos, su primer nombre”), o su magnífico comentario sobre Ricky Ricón o cualquiera de sus comentarios disparadores de ideologías que ha hecho a lo largo de los años?  Ciertamente, siendo una niña pequeña, Lisa puede distraerse con facilidad con su animal favorito, de modo que quizás no deberíamos criticar demasiado su vacilación.  Pero el episodio es indicativo de la constante crítica negativa que el programa realiza de lo que precariamente se aproxima a veces a una visión de mundo de izquierda, o de cualquier inclinación política, en todo caso, como si los escritores fueran cuidadosos a cada paso de evitar lo que podría ser visto como un discurso político o social consistente.  Lo que podría al menos haber sido un completo ensarte de la clase adinerada se convierte en una derrota para la clase de la familia Simpson, la “alta clase media baja”, como Homero la describe (“The Springfield Connection”) – ese grupo de gente que, a pesar de no ser obreros de fábricas o mineros del proletariado, debe preocuparse sobre de dónde viene el dinero y cómo se gasta.  Al final de “The Class Struggle in Springfield” el orden es restaurado a expensas de los Simpsons, quienes regresan a su lugar adecuado, el “basurero” donde han aprendido a vivir “cómodamente”.  No está claro, al final, cuál es el blanco de la sátira o qué mejor mundo hay allí fuera del contexto de la lucha entre una clase y la otra.  Con la noción de los escritores hacia el marxismo, quizás el concepto entero de lucha de clases esté siendo ridiculizado.  En todo caso, a pesar del pinchazo ocasional, que usualmente proviene de Lisa, contra las tendencias destructivas del capitalismo, es la propia ideología burguesa de Marge que cuenta para que se sienta “cómoda” en un “basurero” como el Krusty Burger.  Estuvo cerca de un momento revolucionario, pero ha recaído en una acondicionada y tranquila aceptación de las cosas tal como son.

El tono subversivo del programa ha comenzado a decrecer, a menos, claro, que se suponga que simpaticemos con los Simpsons en la escena final.  Engels mismo notó en una frecuentemente citada carta a un joven escritor que un autor “no debe servirle al lector en bandeja la futura resolución histórica de los conflictos sociales que describe”.[9]  Los lectores – o en este caso los televidentes – pueden hacer ellos mismos algo del trabajo.  Pero los escritores de Los Simpsons parecen haber intentado duramente evitar ganar nuestra simpatía por la familia o por alguien que sufre o perdura.  En su aparente rechazo por tomar partido, el ridículo se distribuye igualmente entre los poderosos y los desamparados.  Mientras las cáscaras de banana de Groucho eran de lleno ubicadas bajo los tacos de los afluentes, los académicos pretenciosos, los políticos corruptos, las de Los Simpsons se ubican allí y en todas partes, de modo que inmigrantes, mujeres, ancianos, sureños, homosexuales, obesos, estudiosos, comprometidos políticamente, y cualquier otro grupo marginado o maligno caen tan contundentemente como los malvados capitanes de la industria.  Nadie parece a salvo del escarnio o el ridículo.

Tomemos la representación de los obreros, por ejemplo.  El comentario de Lisa aparte, podríamos esperar que esos escritores que se burlaron de la multitud en el country club estén, entonces, del lado de los trabajadores, una presunción razonable dada la desestima de los primeros.  A través de Los Simpsons, ninguna simpatía o empatía por el estilo es extendida; verdaderamente el retrato de los trabajadores sugiere que para los escritores y productores de este programa, la subversión no incluye rebelarse contra prácticas laborales injustas o luchar para mejorar la condición de la clase trabajadora.  En “Last exit to Springfield”, el sindicato (la Hermandad de Bailarines de Jazz, Pasteleros y Técnicos Nucleares), liderado por los trabajadores Lenny y Carl (¿Lenin y Marx?) no piensa ni un segundo antes de intercambiar su plan dental por la promesa de un barril de cerveza en cada reunión sindical.  Una huelga tiene lugar, y a pesar de que el sindicato gana nuevamente su plan hacia el final del episodio, lo consigue sólo gracias a la estupidez del Sr. Burns y del presidente del sindicato, Homero.  El lema del Springfield Auto Show es: “Saludamos al trabajador americano – ahora 61% libre de drogas”.  Muchos de los personajes son definidos e identificados por su profesión, y es difícil pensar en uno, excepto Frank Grimes (despachado en corto tiempo), que no es torpe, perdedor, inepto, malvado, vago, adulador, maleducado, falto de ética, criminal o lisa y llanamente tonto, Homero, por supuesto, es el ejemplo más claro.  En un episodio memorable, Homero salva la explosión de la Planta Nuclear de Shelbyville eligiendo el botón correcto mediante el ta-te-ti.

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Es casi imposible con tantos ataques indecisos y faltos de compromiso saber precisamente qué pretende satirizar Los Simpsons.  Es como si Jonathan Swift, habiendo avergonzado a los ingleses por devorar a los pobres irlandeses, hubiera tornado su desprecio por los pobres mismos.  Debido a que el blanco está tan difusamente definido o engloba todo el espectro, los televidentes no han aparentemente entendido el punto en episodios individuales.  Cuando la Iglesia Católica se ofendió ante una parodia de comerciales del Super Bowl, el productor ejecutivo del programa articuló una línea clave para las repeticiones.  La presión de reescribir apunta al control corporativo de incluso supuestos programas subversivos, pero también señala de que en una sátira sin una visión de lo que el mundo debería ser, la revisión se logra fácilmente.  El show ha disparado contra prácticamente todo lo que sus sponsors y audiencia le permiten.  Todo es juego limpio.

Con algunos valores cómo núcleo, alguna visión de lo que el mundo debería ser, Los Simpsons hace poco más que unir momentos aislados y transitorios de comedia que en el resultado adhieren a ningún punto de vista político discernible o consistente, sólo a uno subversivo.  De hecho, debido a que episodios como “The Class Struggle in Springfield” terminan con una restauración del orden social, con el country club establecido felizmente en su lugar y la familia de Marge contenta en su basurero, el programa subvierte su propia subversión y meramente propaga en lugar de destruir las mismas instituciones sociales que supuestamente ataca.  Los antagonismos de clases, explotados por el humor, son meramente un fondo decorado.  Mientras las bromas, tomadas individualmente, pueden ser excepcionalmente graciosas – incongruentes, sorprendentes, desafiantes – tomadas juntas en la totalidad de Los Simpsons, constituyen sólo una visión que es a la vez nihilista (todo es blanco de burla) y conservadora (el orden social tradicional perdura).

La sátira colapsa en una lluvia de bromas individuales, y quedamos con lo que tuvimos que empezar – un mundo de explotación y lucha.  El énfasis está claramente en el chiste, en la contestación, la yuxtaposición cómica, la impactante obviedad ocasional en la boca de un niño.  Pero las mayores preocupaciones, como una filosofía política o social consistente, son ignoradas.

Cuando Homero dice una de las más memorables líneas de toda la serie durante una pelea entre su hija y un estudiante de intercambio albanés:

 

Por favor, por favor, niños, no peleen.  Tal vez Lisa tiene razón en que América es la tierra de las oportunidades y tal vez Adil tiene razón en que la maquinaria del capitalismo se aceita con la sangre de los trabajadores.  (“The Crepes of Wrath”)

 

nos quedamos pensando qué responder.  ¿Podemos tomar cualquier cosa que Homero dice seriamente, o éste es otro incisivo comentario en un programa lleno de incisivos comentarios?  ¿Las reflexiones de Homero tienen el mismo peso que algunos de sus otros comentarios?

 

Papá, has hecho muchas grandes cosas, pero eres un hombre muy viejo, y la gente vieja no sirve.  (“Homer the Vigilante”)

 

Lisa, si no te gusta tu trabajo, no haces huelga.  Vas a trabajar todos los días y lo haces de mala gana, al estilo americano.  (“The PTA disbands”)

 

La mayoría de los televidentes sabría que un personaje sabio, sensible y de mente dialéctica vociferaría el primer sentimiento como una marca de entendimiento universal, pero el mismo personaje no vociferaría el segundo o el tercero.  La inconsistencia del carácter de Homero lo hace nada más que un salvoconducto para las líneas de los escritores.  Cada broma es graciosa en su propio y pequeño contexto, pero tomadas en conjunto, las bromas individuales suman muy poco cada uno en términos de una visión para el mejoramiento o en términos de un arte que refleje con precisión la verdad de cómo actúan y viven las personas.  Ciertamente, Los Simpsons no es televisión realista, pero la audiencia no tiene forma de identificarse con un personaje que, para salvar una buena línea de los escritores, se vuelve incluso menos humano y más camaleón.  En este caso, la reivindicación única de subversión por parte de los escritores es subvertir la caracterización.  Sólo el chiste sobrevive.  Nada es realmente tan importante.  Los niños se han animado.  Parafraseando a Marx, todo lo que es sólido se derrite en risa.

 

Se pone peor

 

Mientras Los Simpsons – a diferencia de la sátira tradicional – no apunta el concepto de un mundo mejor, puede quizás ser visto desde una perspectiva marxista como una correcta representación de la vida en los Estados Unidos en el cambio de milenio.  En lugar de cuestionar la ideología prevalente, Los Simspons, como todos los productos culturales se desarrolla desde y refleja el material y las condiciones históricas de la era en que fue creado; refleja, en otras palabras, la ideología del capitalismo a finales del siglo XX en los Estados Unidos.  Que la serie en su totalidad abarque una ideología en lugar de destruirla es especialmente respaldado por el hecho de que esta serie de televisión no es escrita por un solo individuo, a pesar de que un solo escritor hace la mayoría del trabajo en cada episodio, sino por un equipo de al menos dieciséis escritores y muchos otros trabajadores.  Debido a que la consistencia y continuidad son difíciles incluso para un solo escritor trabajando en un solo texto, es sorprendente que Los Simpsons sea tan uniforme como es.  Pero con tantas mentes trabajando en el programa, puede asumirse que la serie revela no el genio y la visión de una persona, sino más bien la labor de un cuerpo colectivo creador de un programa en concordancia con el punto de vista de una persona (Matt Groening) y pretendido para el consumo masivo de un público en sintonía con imágenes rápidas, temas inconexos y fragmentos de significado.  De hecho, como la cabal marca de agua de la televisión posmoderna, este guiso de referencias literarias, alusiones culturales, parodia auto-reflexiva, humor a punta de pistola, y situaciones absurdamente irónicas es el resultado inevitable y descripción perfecta del fragmentado, inconexo, contradictorio mundo del capitalismo, donde la totalidad y la consistencia son reemplazadas no sólo entre los que “tienen” y los que “no tienen”, pero entre lo social y lo individual, lo público y lo privado, la familia y el trabajo, lo general y lo particular, lo ideal y lo concreto, la palabra y el acto, y donde “rebelión” y “revolución” son usadas para vender camiones Dodge, promover el show de Oprah Winfrey o conseguir una membresía del Partido Republicano.  En Los Simpsons, como bajo el capitalismo, toda la oposición es absorbida, y la crítica es apropiada y aprovechada para su propio bien.  Janis Joplin ahora vende Mercedes Benz, y el Vendedor de Historietas les escribe a los productores de Tomy y Daly burlándose de los usuarios de Internet que critican a Los Simpsons.  En Los Simpsons todo es sujeto de risa; bajo el capitalismo todo es objeto de venta.

Si el programa es visto como manifiesto de la ideología capitalista, entonces, la actitud vacilante hacia los trabajadores en Los Simpsons podría reflejar la actitud ambigua hacia los trabajadores bajo el capitalismo, que profesa respetar la individualidad de cada ser humano pero despoja a los trabajadores de su individualidad a través del trabajo alienante.  Tal vez la objetivización de personajes que se vuelven estereotipos y portavoces para las bromas puede ser vista como una reflexión de la tendencia del capitalismo a reducir las relaciones sociales a la cualidad de los objetos.  Aunque algunos críticos marxistas como George Lucákz, y quizás Marx y Engels mismos, puedan rechazar a Los Simpsons por la naturaleza irrealista de sus personajes, que son apenas algo más que la personificación abstracta de seres reales, puede ser discutido el hecho de que el programa es una representación más adecuada de la ideología capitalista, en la que los seres humanos se preocupan menos por sus cualidades individuales que por la finalidad de las mismas.

Para un marxista de buen humor, Los Simpsons puede ser visto como la creativa representación de una ideología en particular, de manera que reírnos del programa sería un modo de reírnos de las contradicciones del capitalismo.  Pero, por supuesto, ése no es el motivo por el que la gente se ríe.  Una interpretación así requiere de un público en sintonía con la crítica marxista y predispuesta a ver al capitalismo como un sistema fallido y alienante.  Sin embargo, lo opuesto parece ser la verdad.  Los Simpsons es frecuentemente alabado en medios como Time, Time, The Christian Science Monitor, The New York Times, National Review, and The American Enterprise como un programa que celebra la familia norteamericana, “que permanecen juntos contra viento y marea”[10], o “se aman sin importar lo que pase”[11], o que presenta personajes que, en sus deslucidos intentos por perdurar, son personajes con los que nos podemos identificar, o que exalta valores norteamericanos como la rebelión.  Es tentador sugerir que estos escritores no han entendido el objetivo de Los Simpsons, o decir que obviamente la familia perdura o de lo contrario no habrá otro programa la semana siguiente, o que la rebelión de Bart es la clase de molestia segura que la clase dirigente tolera como una válvula de escape para prevenir una rebelión más consistente.  Pero estos escritores están ciertamente en sus marcas: Los Simpsons – a pesar de sus comentarios indolentes contra el comercialismo y las corporaciones – no sólo refleja, sino conserva y propaga una ideología burguesa tradicional.  Y su éxito debe ser considerado al menos parcialmente responsable de la moda en las sitcoms televisivas y animadas hacia enfocarse menos en el desarrollo de los personajes y la sátira y más en contestaciones rápidas y breves y frecuente malintencionado humor que no incluye esperanza de progreso.

La popularidad de Los Simpsons y su aceptación por parte de críticos conservadores, finalmente, prueba exactamente qué conformes estamos con la ideología de los Estados Unidos modernos.  Cuando Monty Burns dice:

 

Escuche, Spielbergo, Schindler y yo somos como dos gotas de agua: ambos somos dueños de fábricas, ambos hacemos proyectiles para los nazis, pero los míos funcionan, ¡maldita sea!  (“A Star is Burns”)

 

nos reímos, probablemente impactados por su falta de visión de lo que está admitiendo.  Pero sabiendo esto sobre él, los espectadores pueden continuar riéndose de él sólo porque en el contexto más amplio, finales del siglo XX y comienzos del XXI, estamos conformes con el estado de las cosas.  Auden ayuda a entender este punto:

La sátira florece en una sociedad homogénea con un concepto común de la ley moral, ya que los satíricos y la audiencia deben estar de acuerdo en cómo se espera que la gente normal se comporte, y en tiempos de relativa estabilidad y conformidad, ya que la sátira no puede ocuparse de grave malicia y sufrimiento.  En una época como la nuestra [décadas del 40 y 50] no puede florecer excepto en círculos privados y como una expresión de disputas privadas; en la vida pública, las malicias graves son tan importunadas que la sátira parece trivial y la única manera adecuada de atacar la denuncia profética.[12]

Para Auden, la sátira no puede florecer en tiempos de maldad y sufrimiento.  Los Simpsons florece porque el sufrimiento no es tomado en serio.  En otras palabras, podemos reírnos del Sr. Burns porque no nos perturba el daño hecho por la clase que representa.  En el mundo que creó Los Simpsons, no hay mejor mundo ni nada, realmente, para preocuparse.  Los desamparados, el racismo, la venta de armas, la corrupción política, la brutalidad de la policía, un sistema educativo inefectivo pueden todos ser grano para la molienda de esta comedia, con el aparente mensaje de que las condiciones actuales simplemente perdurarán pero no cambiarán.  Obviamente, nos reímos de las cosas que en un dibujo animado encontramos graciosas, pero no así en la “vida real”, pero nuestra voluntad de encontrar a Los Simpsons gracioso demuestra, como contrastaría un marxista, que si realmente nos diéramos cuenta de la violencia sobre los trabajadores, los costos humanos de los estereotipos y los chivos expiatorios, la devastación aplicada en el afán de la ganancia, no encontraríamos a Los Simpsons cómico.  Es más, Los Simpsons habría sido considerado el peor tipo de sátira burguesa ya que no sólo falla en sugerir la posibilidad de un mundo mejor, sino que además nos aparta de una reflexión o crítica seria sobre las prácticas prevalentes, y, finalmente, nos alienta a creer que el sistema actual, fallido y cómico como lo es a veces, es el mejor posible.  Un marxista, aun si se ríe, debe sentirse desilusionado.

Los Simpsons es gracioso.  Nos toma por sorpresa, nos alista para frustradas expectativas, nos lleva por un camino rápido y directo que se interrumpe súbitamente sin advertírnoslo.  A menudo el programa desafía y provoca, nos mantiene alertas y atentos, cuestiona la autoridad establecida, y expone el vacío de muchos valores burgueses.  Pero por todos esos maravillosos momentos de incongruencia y direccionamiento engañoso y sus ensartes de aisladas vacas sagradas, el show no ofrece una sátira constante contra la ideología prevalente, tampoco una esperanza de progreso hacia un mundo más justo y equitativo en que se cumplan las mejores en lugar de las más bajas posibilidades de la humanidad.  Sus contradicciones e inconsistencias reflejan un mundo opuesto al integrado y armonioso que Marx visionó.  Como conclusión, el programa promueve los intereses de la clase que mantiene el poder económico sobre las masas, vendiéndoles remeras, llaveros, cajitas y videojuegos.  Su falta de visión y su equitativa distribución de antagonismos lo vuelve estático e inmune a la crítica; puede absorber y hacer ventajoso cualquier desafío dialéctico y defenderse apelando, con un guiño y una palmada cómplices, a la supremacía de la broma.  Las bromas pueden ser graciosas, pero en Los Simpsons, donde nadie crece y las vidas nunca mejoran, la risa no es un catalítico del cambio; es el opio.[13]

 

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[1] E.B. White, “Some Remarks on Humor.” En The Second Tree from the Corner (New York: Harper, 1954), p. 174.

 

[2] Immanuel Kant, The Critique of Judgement, trans. James Creed Meredith (New York: Oxford University Press, 1952), p. 199.

 

[3] N. del T.: el nombre de los episodios se referirá en su original en inglés debido a la diferencia entre los títulos usados en España y en Latinoamérica.

 

[4] N del T.: no poseo la transcripción de los scripts “audio latino”, de modo que se hace una traducción directa del script en inglés.

[5] George Meredith, An Essay on Comedy and the Uses of the Comic Spirit (New York: Scribners, 1897), p. 141.

 

[6] Michael Ryan, “Political Criticism,” Contemporary Literary Theory, eds. Douglas Atkins and Laurie Morrow (Amherst: University of Massachusetts Press, 1989), p. 203.

 

[7] N. del T.: el título de esta sección se reproduce tal cual figura en el original, en idioma francés.  En castellano significa: “De lo alto a lo bajo” o “De arriba hacia abajo”.

[8] N. del T.: Spinal Tap es un grupo de rock ficticio que constituye el sujeto de una película propia de 1984, tres años antes de la primera aparición de Los Simpsons.  En la versión del episodio con doblaje latinoamericano, los Spinal Tap son “Los Médulas”.

[9] Frederick Engels, Letter to Minna Kautsky. En Marx and Engels on Literature and Art (Moscow: Progress Publishers, 1976), p. 88.

 

[10] Richard Corliss, “Simpsons Forever,” Time (2 May 1994), p. 77.

[11] M.S. Mason, “Simpsons Creator on Poking Fun,” Christian Science Monitor (17 April 1998), p. B7.

 

[12] W.H. Auden, “Notes on the Comic,” Thought 27 (1952), pp. 68-69.

[13] N. del A.: I am grateful to Louis Rader for his many suggestions on the numerous drafts of this essay.

 


Un ángel arrepentido (cuento)

•noviembre 16, 2008 • 2 comentarios

“Caminaste por la calle y allí estaban: el látigo y el

derramamiento de sangre. Recuerda por lo tanto

que no hay duda: ciertamente existe el infierno.”

Czeslaw Milosz

 

La oscuridad de repente.

Tomé la mano de Stella y busqué un beso furtivo que ella consintió al amparo del misterio.  Y lo que duró el contacto de nuestros labios tibios fue el preámbulo de un murmullo grave e insistente, que se prolongaba en el tiempo fatal de esa oscuridad hacia la constitución del caos.

Percibimos varias explosiones lejanas que precipitaron en todos el asombro, en segundo término la desconfianza y, finalmente, los primeros clamores.  Apreté su mano nuevamente, esta vez con mayor intensidad y supe que en sus pulmones contenía la angustia que las madres conciben en su vientre hasta que mueren, pero no dijo nada; sólo su respiración transmitía el desasosiego.  Rodeé con mi otro brazo su cintura y llevé su frente contra mi pecho para inspirarle la calma que, a paso acelerado, también a mí rehuía.

En su sollozo refrenado pude ver, traslúcidos, los lamentos de la juventud que se me moría esa noche.

Casi no hubo tiempo de distinguir el humo negro que asaltaba el lugar como las tinieblas que cubren con más tinieblas el valle de las tinieblas.  La atmósfera que se ceñía sobre los inocentes se volvía cada vez más irrespirable en tanto el pánico contribuía con su irremediable expansión.  Una piba se desvaneció en paz sobre mis pies; y otros pies y los míos y los de Stella acabaron por robarle el aliento último.  En menos de dos minutos, el lamento asmático de los que aún pugnaban por encontrar la vida se apoderó del ambiente y de mi corazón.  Supe que mi novia había resignado el afán de mis brazos moribundos y había partido a cumplir con su deber.  Y me sentí orgulloso, y corrí.

Con el aliento terminal llegué hasta una puerta cerrada herméticamente, bajo la cual se suscitaban los segundos finales de otras vidas, ahogados en los químicos, los arrepentimientos y las súplicas.  Logré por un instante pensar en mi hijo.

Desde siempre me había costado imaginar el infierno, ése que los curas me ilustraron durante los encuentros de catequesis que terminaron por arrebatarme los sábados de fútbol con los vagos del barrio.  “El infierno…”, me decían, “…no es un lugar sino un estado de ánimo, el estado del pecado con mayúsculas, de la elección de Satán y no de Jesús”.  Y en ese sueño bajo el umbral denegado del alivio, que fue quizá la muerte del momento y no el sueño, seguía estando allí, trasponiéndolos, figurando el horror como frente a una pantalla, siguiendo los pasos de Stella por sobre los pechos y las espaldas de los cadáveres hasta llegar a los baños, guarderías improvisadas, improvisadas como todo lo que hicimos, el sexo y la independencia, improvisadas como el Niño, improvisadas como la madurez.  Y la escena era silente, pues los gritos de padecimiento y ruego se acallaban bajo una música sublime, la música de los ángeles de Dios que descendían al infierno y tocaban sólo para nosotros el mismo rock que habíamos venido a escuchar.

Stella no eligió el infierno.  El Niño no eligió el infierno.  ¿Alguien elige el infierno?  ¿Alguien imagina el infierno?  ¿Alguien teme el infierno?

Desperté al ardor de las llamas a pocos pasos de donde me había desvanecido.  No había pasado mucho tiempo.  Los alaridos eran menos si bien más los mártires.  El aire ya no era aire.  Volteé y descubrí que una puerta lateral a veinte metros había sido abierta y no hesité.  Contuve la respiración.  Corrí a más no poder sintiendo la premura en la entrepierna, cada vez más paralizante al tiempo que pisaba los senos incipientes de las nenas y sus sueños.  No bien pude inhalar la primera gota del oxígeno de Once y su verano, Milton me  tendió los brazos exclamando alabanzas y llorando, me sostuvo y me apartó hasta recostarme sobre la vereda de la plaza Miserere, luego me desprendió la camisa y llamó a Ludmila para que lo ayudase a ventilarme como pudiesen, hasta que me dormí en paz y sonriendo con gratitud.

Pasados un par de minutos mis ojos se abrieron a la luz de la extrema conciencia de la situación.  Ludmila lloraba de pie junto a un paramédico no mucho mayor que nosotros, quien probablemente también hubiese deseado llorar sin consuelo pero el espanto lo reducía al automatismo.  Inmediatamente me retiraron la máscara.

– ¿Dónde está Stella? – le pregunté mientras me incorporaba.

– Milton entró a buscarla.

“Pues los ángeles rescatan las almas de los justos que han caído al infierno”, pensé.  “Y yo soy un ángel”.

Reingresé a través del portón por el que había salido, en medio de los embistes más fervientes, los gemidos más desamparados y los reclamos más inoportunos.  El camino de los baños implicaba atravesar todo el salón principal, casi hasta el escenario que se consumía como el tiempo y las vidas, a lo largo y ancho del saldo en proceso de la masacre, por encima de las historias que se iban apagando segundo a segundo, algunas abrazadas a sus amores, a sus hijos, a sus padres, hermanos o amigos, algunas en soledad flechando la mirada en la media sombra que se deshacía como el azúcar, los ojos que nadie se detenía a cerrar fijos en la eterna imagen de la bengala homicida, y las mochilas destrozadas, los pins, las tachas, las cadenas, los colgantes, las pulseras, los piercings, los anillos, los encendedores, los aros, los celulares, las billeteras, los bolsos, las cámaras, las remeras, los collares, las vinchas, las botellas, las gorras, los jeans, los cigarrillos, los vasos, las zapatillas…

Milton había muerto sobre un charco de cerveza, a pocos centímetros de la escalera del baño.  Reclinada sobre el pasamano que sucumbiría en cualquier momento, Stella intentaba exprimir el aire y llegar hasta el Niño.  Sus ojos me encontraron y su cuerpo se precipitó hasta mis brazos en su entrega más fiel.  Quizá oí el llanto indefenso que provenía del baño.  Quizá todavía hoy lo oigo.

Al recostar a Stella sobre la vereda de la plaza la besé y le imploré el perdón que –posteriormente argüí- no tenía fuerzas para concederme.  Ella me miró, que es lo que los novios hacemos mejor, mirarnos.  Me tomó de las manos y me pidió agua.  Mencionó el nombre de Milton entrecortado y me encargó que no lo dejara morir.  Me pidió que avisara a sus padres que estaba bien, extrajo el celular de su bolsillo y me ordenó que se lo cuidara, pero que no lo usase pues no tenía crédito para llamadas.  Retiró el anillo de nuestro compromiso de su dedo y me lo mostró esgrimiendo cierto enigma; luego volvió a colocárselo.  Quiso que acercara mi mejilla a su boca y me dio un beso más débil de lo que habría esperado.  Por último, pidió que le ayudara a quitarse la remera, y mientras la belleza mística de sus senos me remitía a la forma primera del amor humano y me traía a las lágrimas, un paramédico del SAME se acercó y la acompañó hasta una ambulancia.  Mientras caminaba con cierto desgano, finalmente me preguntó por el Niño, asumiendo cosas que jamás nos dijimos.

Esa misma noche dormí en Retiro.

 

Ludmila siempre ha estado de acuerdo en invitar a Stella al cine o al shopping cuando visito Buenos Aires.  Entretanto, absorto en el rock que los auriculares me susurran, rezo un Padrenuestro frente a la tumba de mi hijo y le cuento cómo es la vida en Córdoba.  A veces también le canto una de Callejeros.

 

Este relato obtuvo el Primer Premio del Concurso Literario Internacional “Dr. Santiago Vera”, organizado por la Asociación de Apoyo y Servicios a Niños con Difcultades (AYSAND), y auspiciado por el Área Cultura Municipal y el Rotary Club de La Calera, Córdoba (2008).

La experiencia TRIVIUM

•octubre 29, 2008 • 2 comentarios

 

Me he propuesto realizar una evaluación dual sobre la experiencia que vivimos en la presentación de TRIVIUM, el pasado 18 de octubre.

En primer lugar, hay un sentimiento objetivo relacionado con el éxito innegable en términos concretos: he recibido los reportes de que asistieron 200 personas (yo no pude verlas a todas debido a que estuve trabajando en el pullman del cine hasta veinte minutos después de terminada la función).  Quiero agradecer a todos y pedir disculpas, pero no pude saludar a todo el mundo por dos cuestiones: la primera es lo que les comentaba de mi lugar en el pullman, y la segunda es que durante todo el sábado estuve trabajando a mil para optimizar la exhibición y no tuve más que diez minutos para almorzar, así que me daba un poco de vergüenza porque no estaba ni siquiera cambiado y afeitado, sino bastante roñoso.  Los que me conocen saben bien que a mí la cuestión de la ropa me importa tanto como el precio de las artesanías en los mercados de Kiev, pero me justifico porque si bien no me importa vestirme con ropa vieja o pasada de moda, siempre me importa estar limpio.  Más allá de esto, les agradezco a todos… no tanto por mí, sino porque han aplaudido el trabajo de varias personas que realmente valen la pena como artistas, y, por supuesto, como personas.  Y acá me pongo un poco soberbio pero debe aparentar ser así: no es porque sean mis amigos, pero todos los que alguna vez han trabajado conmigo en este hermoso mundo del arte son gente intachable, y merecen tanto su ovación como su reconocimiento.  No hace falta que recuerde en qué situaciones se hallan millones de jóvenes argentinos de la edad de estos talentosísimos artistas.  Los invito a visitar sus sitios.  En el post de TRIVIUM TOTAL hay enlaces a sus flogs y también en la columna de la derecha de este sitio.

Ahora me ocuparé de otra arista del tema: albergo un sentimiento mucho más subjetivo que tiene que ver con lo siguiente: la cantidad de gente que fue es un síntoma, a la vez que las opiniones que he recibido contrarrestan el efecto significativamente positivo de ese síntoma, lo cual era esperable.  En concreto: el síntoma es que, aunque al Sr. Cultura de La Falda poco le importe, los eventos artísticos alternativos, cuando publicitados y participativos, convocan.  Analicemos: ¿qué se espera de los eventos masivos en la frívola burbuja turística de nuestra zona?  Que la homogeneización del criterio que lleva a los espectadores a asistir se traduzca a la complacencia con lo que se asiste.  Sería muy inoportuno para la Municipalidad (mas en absoluto descartable) que la gente que ve a Rocío Marengo patinar por el sueño del Hospital Municipal, o a Roberto Piazza desfilar sus colecciones al compás de su mediática polémica, o al bien logrado Festival del Tango (¿Nacional?  …en Junín me dijeron que ellos tienen el Festival Nacional del Tango…) considere la posibilidad de desechar la recurrencia al mismo espectáculo o de temática similar, lo cual beneficia en términos meramente económicos a organizadores y patrocinadores.  TRIVIUM fue gratuito, y sin embargo el propósito era que, si al menos la audiencia no se daba el tiempo y los espacios internos para interactuar con los planos (ya me ocuparé de ello más adelante), pudiera salir de la sala y decir: “Esto es una porquería, no voy a ver más este tipo de cosas por tal motivo o por otro…”.  De hecho, muchas personas, independientemente de no haber entendido desde las convenciones narrativas preconcebidas, y en el mayor o menor grado de apreciación del mismo que posean, manifestaron que se aburrieron, que se durmieron e incluso que perdieron el interés.  ¿Cuán válido resulta esto para capitalizarlo en pro de una mejora sustancial?  Veamos.

En cuanto resulta una obviedad para muchos, asistir al cine implica prescindir de ciertos elementos netamente comunicativos, como el mensaje, el discurso, el texto…  En cuanto resulta una categorización inútil para quienes deberían interesarse más en las esferas correspondientes, comunicar algo siempre conlleva que el interlocutor entienda o interprete total o parcialmente el mensaje.  Entonces se comprende la tremenda obscenidad con que quienes tenemos que comunicar algo nos encontramos a diario, a la luz de que la generalidad de la comunicación actual invoca un deseo de consumo y una apelación flagrante a la satisfacción de las necesidades automáticas y momentáneas y nada más, es decir, allí se acaba el hecho.  Ya hay millones de textos mejor justificados que éste sobre el patético avance de esta práctica.  Como corolario de lo que expreso, sería bueno preguntarse por qué, incluso en virtud de que entendemos cómo funciona el sistema que nos domina, relegamos la apertura (y en muchos casos la cortesía) de acceder desde nuestros lugares heterogéneos a la cultura en sus formas alternativas.  Esto me ha dado mucho que pensar, y creo (y espero) no haber sido el único en abordar esta problemática por estas latitudes.  ¿De qué sirve hacer algo si nadie lo entiende?  Bueno, hay mucha gente que al menos ha realizado el esfuerzo intelectual de al menos interpelar lo que vio, e incluso interpelarse a sí mismo acerca de los motivos o impedimentos que lo llevaron, o no, a interpelar estas formas.  Lamentablemente, esta gente (entre la que me encuentro) se aflige impotente ante quienes no lo hacen ni por perra casualidad pero ocupan lugares jerárquicos que los legitiman a cerrar cines, ignorar eventos multitudinarios, promocionar frivolidades atómicas o enclaustrar en las figuras que se erigen desde las élites ausentes la representación de la cultura, por ejemplificar la pereza para realizar este ejercicio intelecto-sentimental.  Esto tiene una sola definición y es MEDIOCRIDAD.  No estoy diciendo que la MEDIOCRIDAD sea patrimonio del que no le gusta, sino del que no le gusta pensar lo que experimenta ni tampoco le gusta preguntarse por qué no le gusta, al mismo tiempo que actúa consecuentemente con la incentivación de la apatía o incluso la anhedonia generalizada.  La MEDIOCRIDAD se elimina de una sola manera: ELIGIENDO BIEN.

Conclusión: esa mejora sustancial que me he propuesto realizar, partiendo desde la aprehensión de los resultados obtenidos, puede acarrear un avance en cuestiones técnicas, tanto formales como conceptuales.  Sin embargo, si sostengo que mi objeto de trabajo auténticamente puede orientarse a la presentación al público de alternativas, debo atenerme a la quasi-ubicua resistencia para con los accesos a esa minúscula otredad.  También pretendo que sea mi herramienta (y cuando digo “mi”, digo “nuestra”, refiriéndome al maravilloso grupo que me ha acompañado en esta travesía) para interactuar con un sistema local de cultura suficientemente esquivo y una educación para la cultura que, desafortunadamente, siempre se construye con las peores intenciones de erigir una comunicación deficiente.  Esto sólo puede desembocar en el hastío, la indiferencia y la ignorancia, como todos sabemos.

Quiero destacar, por último, que determinados controles que permitan eventualmente limitar la exacerbación infinita e injustificada de la subjetividad del arte son necesarios, y se vinculan con esta exhortación a los que corresponde para tomar cartas en el asunto.  Trataré de escribir más sobre esto en otro post.

Bah, después de todo, qué me importa a mí, si… ¿ustedes creen que alguien va a hacer algo?  Digo, algo importante por la cultura…

  

Les dejo los comentarios escritos del público (los anónimos son porque firmaron y no logro distinguir su nombre y/o apellido):

Muy bueno Marcos, seguí así que sabemos que te va a ir muy bien!  Un abrazo.  Ignacio 

 

Felicitaciones!!!  Adelante con muchos éxitos!

 

Un gran esfuerzo, excelente puesta en escena y un inigualable blanco y negro.  Felicitaciones.

 

No hay límites.  El futuro es el pasado.  Sin límites la mente.  Muy bueno.

 

He buenísimo, he loco re original, deben seguir con toda la fuerza, qué ideas!!!  Un abrazo grande, Marcos, contá conmigo siempre, más allá de todo y recordá que en esta vida hay muchas esperanzas, sueños por encontrar.

 

Hay talento… mucho, pero el arte mal usada a veces opaca el sentido, y con sentido me refiero al mensaje.  El mundo necesita de artistas como vos, pero para que gente como vos pueda ser transformadora.  El mundo ya conoce los males que lo acechan, seguir comunicándolos no genera nada bueno (generalmente hablando).  Y menos con un lenguaje tan “poco claro”.  Hay que aprender a comunicar soluciones, mensajes de paz, cómo conseguir la felicidad que todos anhelamos.  Rocky

 

 Marcos: te felicito, negro!!!  Estás cumpliendo todos tus sueños y eso es muy importante!  Seguí así, y no te detengas por nada, en la vida hay que luchar por lo que uno quiere y siente.  Felicidades!!!  Ale Svetac

 

Ta muy bueno formar parte de la primera etapa en tu historia como cineasta.  Buen presente y excelente futuro.  La Musa

 

A CONTINUACIÓN AGRADEZCO A TODOS LOS QUE HICIERON ALGO POR TRIVIUM.  ESTA PARTE ES MÁS BIEN PERSONAL, ES COMO SI ESTUVIERA FRENTE A UN PODIO Y AGRADECIERA UN OSCAR, ASÍ QUE NO ES IMPRESCINDIBLE PARA LA LECTURA DE ESTE POST.

Agradezco a todos con la sinceridad que ustedes medirán mejor que yo.  Sé que me olvido de mucha gente, pero mencionaré algunos nombres sin los cuales TRIVIUM no habría sido lo que fue: los Domínguez y el equipo de TDC, Samuel Brunschtein y Jorge Pajón de Radio La Falda, Coty Leiva, Nicolás Heredia, Néstor Pousa y Juanjo Cabadas, de los medios gráficos, los seis auspiciantes, Beatriz Vázquez, Vivi, Santiago, Violeta, Ariel y su hijo, el Fiacu que se pasó cuando puso el auto a disposición el día que no llegábamos ni de casualidad con la entrega de invitaciones, Karina que me apoyó y me sigue apoyando tremendamente para superar la ansiedad y el estrés y, sin dudas, María José y Rogelio del Cinema Paradiso.  En lo particular, escribí los videos a partir de sentimientos muy personales, algo más en el primero y el tercero que en el restante.  Así que corresponde mencionar que, sin la inspiración de V en mayor medida, y de P, P y F desde la reminiscencia eterna que de ellas guardo en mi corazón (no digo sus nombres completos porque si lo hago mi cabeza puede terminar colgada en la plaza), Los pájaros… no habría salido jamás de un mero ejercicio intelectual.  Gracias a Augusto, mi hermano gemelo, porque a partir de una conversación que tuvimos se prendió la chispa de Los pájaros…  Gracias a Yuli por su simpatía y disposición, lo mismo que a Nico Sánchez.  Gracias a Beba, a quien por siempre le pediré disculpas por mis actitudes, al igual que a Leo y Aldo.  Gracias a Marta por quererme como su hijo y prenderse siempre.  Gracias a mis amigotes: los de siempre, Nico, Ale, Magui, Ana, Lau, Ale Svetac, Zeenky y Nacho (estos últimos dos que vi después de mucho tiempo, muchísimo en el caso de Nacho, y me alegré sobremanera) y a los nuevos, Stella, Santi, Martín, Facu, Chas, Linkin, Yaki, Doke, Paula, Nicky, Mariano, Agustín, Hernán, Chochi y Armi, quienes me enseñaron y me enseñan todos los días la lección más importante de mi vida.  Gracias a Vero Contrera, a Miriam Ruozi, a Betty Font y a Pilar Salvador Vela, quienes me enseñaron y me enseñan esa misma lección pero invadiendo la otra mitad de mi yo.  Gracias a mi familia y al recuerdo de mi viejo, uno de los recuerdos más profundos de mi existencia.  Agradezco a todos los que prestaron los sentidos para ver TRIVIUM y a los que no pudieron ir, en particular a mis amigos Ema y Eze.  Gracias a Romi y Belén.  Gracias a Piru y Anita.  Gracias a Gaby.

Y finalmente le tengo que agradecer a la persona más valiosa que hay en mi vida y habrá siempre, incluso después de muerto, con quien sigo profundamente enemistado y lamentablemente no hay muchas posibilidades de que nos reconciliemos por el momento: desde hace poco menos de 23 años que lo conozco y sabe que lo amo más que a nada ni a nadie, y que daría lo que sea por que volviésemos a ser amigos; pero a la vez sabe que lo odio con toda el alma y lo mataría alevosamente para que de una buena vez me deje en paz.  Esa persona es Marcos Funes Peralta.  Marquitos, para vos va este agradecimiento eterno.

 

 See you later aligators!  Nos leemos pronto.  “Rayen algo!”, diría Nico Sánchez.

 

 

 

 

 

El día después de mañana

•octubre 23, 2008 • Dejar un comentario

Buenas noches.  A propósito: siempre pensé que el título de la película “El día después de mañana” es exactamente lo mismo que decir “Pasado mañana”, que es en definitiva la expresión que usamos más comúnmente.

Bueno.  De la presentación de TRIVIUM hay bocha para hablar, de hecho si quieren hay comentarios muy piolas de Lau sobre las películas en el post anterior “El camino de los 500”.  Para los que se lo perdieron, TDC los está pasando, presten atención a los horarios porque los repiten constantemente.

Tengo varios posts en mente: en principio va a ir lo de TRIVIUM, pero estoy esperando las fotos que Ale sacó el sábado y que debido a la ineficiencia de Arnet en nuestra zona no ha podido hacerme llegar.

Fíjense en la columna de la derecha, bajo “LO QUE VIENE” tienen algo de lo que he estado proyectando.

Por lo pronto los dejo con dos trabajos que recibieron Mención de Honor en el “Certamen Internacional de Narrativa y Poesía Juninpaís 2008”.  Como corresponde, comenzamos por las damas.

Vayan por la sombra y si viajan para el oeste pregunten qué hora es, por las dudas.